Elena siempre había sido la oveja negra de la familia. Se casó con Eduardo, un alemán que la doblaba en edad, y se escapó del control familiar. La hija, Chichita, era su mayor preocupación. No confiaba en Zela, egoísta, de mal carácter, acomodaticia.
Zela tenía una mal llevada soltería. Durante sus años mozos sirvió como institutriz de los niños de unos estancieros de Río Cuarto, en Córdoba. Los muchacho ya eran mayores y Zela aún vivía con ellos, en calidad de dama de compañía de la señora de la casa... O, como diría la perspicaz hija de los acendados, como "querida" de su padre.
El caso es que zela tuvo que acudir a cuidar de su padre enfermo. Sola como un perro: Elsita, la menor, vivía un tórrido romance con un médico (aspirante a médico, en ese entonces). Elena vivía en Alemania con su familia y Gerardo, el hermano varón, combinaba peleas en bares, juego y borrachera con su carrera militar.
Pero Zela, a quien más envidiaba era a Elena, quien supo escapar del control familiar, quien mantuvo su carácter para cuidar del marido enfermo y de la hijita caprichosa.
Al fin, Zela se vio obligada a prolongar su estadía en la casa paterna. Tan así fue que jamás regresó a la estancia. William, el estanciero, murió al poco tiempo. Doña Inés, la esposa, no volvió a darle entrada a Zela, ya que muerto el marido y crecidos los hijos sentía que era más saludable prescindir de ella.
Así, Zela se llenó de rencor y amargura. Claro, fue la única que se quedó a cuidar a los padres, ya que los demás hermanos estaban demasiado ocupados con sus propias vidas. Era eso: Zela no tenía vida propia. Había vivido la vida de sus padres, luego la de sus patrones, y nuevamente la de los padres. Bueno, tanto sacrificio merecía una recompensa: la casa paterna.
No contaba con que Elena tenía un elevado sentido de la justicia: la casa se repartiría entre los cuatro hermanos al ser vendida, a partes iguales. |